Desde hace días una idea va y viene por mi cabeza....
Me lanzaría, pero no termino de atreverme.
Sé que resultaría interesante para los dos, estoy segura, pero.........
Me estoy acordando del cuento de Bucay...
Marc había nacido con una gravísima enfermedad del sistema inmunitario. Un síndrome con déficit de defensas que una caprichosa alteración genética le había asignado para siempre. Los niños nacidos con esta grave anomalía, que por suerte es muy poco frecuente, tienen muy pocas posibilidades de sobrevivir, o, como mínimo, las tenían cuando Marc vino al mundo. Dada su incapacidad para generar anticuerpos, cualquier infección, por banal que fuese para un individuo normal, podía acabar con su vida en pocas semanas. La única alternativa era que se construyese a su alrededor un campo aséptico en el que pudiera vivir, a la espera de que la ciencia descubriese una solución diferente para su problema. Una película realizada en los años setenta mostraba el drama de un John Travolta jovencísimo, que interpretaba a un niño nacido con esta anomalía. La película se llamaba El niño de la burbuja de plástico.
Hijo de un médico rural obsesivo y de una maestra, Marc tuvo la oportunidad de sobrevivir la primera infancia gracias al esfuerzo económico de sus padres, gracias a su propio temperamento y, sobre todo, gracias a la dedicación casi exclusiva de su madre. Se pasó sus veinte primeros años de vida entre un dormitorio y un despacho, con un baño entre ambos, aislado del resto de la casa y del mundo por unas cortinas de plástico enormes y herméticamente selladas, recibiendo contadas visitas en su espacio privado y protegido. Para evitar la entrada de gérmenes, que eran amenazas potenciales para la vida de Marc, nadie podía entrar allí sin lavarse las manos con antiséptico y utilizando ropa estéril: bata quirúrgica, patucos y mascarilla. Durante estos veinte años, Marc había aprendido todo lo que sabía gracias a las clases rigurosas y metódicas que le daba su madre, a las conversaciones profundas y comprometidas que mantenía con ella, a algunos libros que le llegaban a las manos (nuevos, limpios y esterilizados), y a lo poco que veía en la televisión. Fuera de aquí, no tenía más contacto que cartas, fotos y algunas conversaciones telefónicas con el resto de su familia.
Fue exactamente el día de su vigésimo primer cumpleaños cuando le pidió a su madre que se cambiase y entrase a la habitación. Quería hablar con ella.
-Mamá –le dijo serenamente-, he tomado una decisión. Voy a viajar…
Su madre se quedó paralizada escuchándole. Salir del espacio aséptico de la habitación era arriesgar seriamente su vida. De hecho, la única vez que había salido de allí había sido con motivo de la muerte de su padre, y pese a todas las precauciones, algún virus gripal que contrajo casi le mata. Durante dos semanas, nadie del equipo médico que siempre le había atendido, ni el mismísimo Dr. Skoro, pudo asegurar que superaría aquella crisis.
-Hijo, -le dijo finalmente-, sabes que no puedes hacer eso. Yo entregaría mi vida, y lo sabes, si con ello pudiera darte esta posibilidad, pero la realidad no es así, y lo siento muchísimo.
-Fíjate mamá, -dijo Marc-, tengo veintiún años. Nadie con esta enfermedad ha sobrevivido más allá de los veintiséis, pese a haber recibido las mismas, o mejores, atenciones que yo. Se supone que después del desarrollo, el hígado y la médula comienzan a deteriorarse de forma progresiva e irreversible. Yo no me quiero morir, mamá, pero tampoco quiero abandonar este mundo sin haber visto la Mona Lisa. No me quiero morir sin haber pisado la arena de una playa o sin haberme bañado en el mar, aunque sólo sea una vez. No quiero desaparecer para siempre sin visitar a la tía Gertrudis y conocer su rancho en California. No me moriré, mamá, sin haberte abrazado sintiendo mi mejilla contra la tuya, sin que exista algo entre medias, aunque sólo sea una vez.
La madre lloraba, pero le respondió:
-La ciencia avanza, Marc. Tal vez de aquí a unos años lo que ha sido incurable hasta ahora encuentre una solución. Espera un poco, hijo…
-Estoy dispuesto a escuchar al doctor Skoro, -respondió Marc-, si él dice que hay alguna cosa nueva, si me ofrece una alternativa, si tiene algún dato que yo desconozco, revisaré mi decisión. Pero si no es así, mamá, ya te lo digo ahora: saldré de esta burbuja; me gustaría ir a Europa contigo, y a la playa, y a la granja de tu hermana. Sin embargo, si no quieres ser mi cómplice lo entenderé, pero lo haré de todos modos, aunque sea solo.
El doctor Skoro tampoco estaba de acuerdo con la decisión. Le aseguró que exponerse al exterior significaría sobrevivir seis meses, tal vez ocho, pero no mucho más. De todas formas, no estaba dispuesto a mentir: novedades, no había ni una.
Ante la decisión irrevocable de Marc, su madre decidió acompañarlo en esta aventura final.
Prácticamente un mes después, los dos se maravillaban contemplando en vivo las esculturas del Louvre, las pinturas del Museo del Prado, las ruinas de Grecia y las fuentes de Roma.
Desde allí volaron a California; Marc decía que no tenía mucho tiempo y había mucho por hacer. La familia estaba encantada de acompañar al joven la primera vez que montó a caballo y que ordeñó una vaca; también compartió con madre e hijo el día que Marc lloró de emoción ante la inmensidad del mar.
Había estado cuatro meses fuera de casa cuando unas décimas de temperatura empañaron la alegría de todos. La madre le pidió que regresasen a la ciudad para visitar al doctor Skoro, y así lo hicieron.
Los análisis no mostraron nada que no fuese previsible. Un resfriado no era una complicación para nadie que no tuviese una inmunodeficiencia, pero en el caso de Marc significaba una atención extrema. El equipo médico aconsejó que volviese al confinamiento plástico, pero Marc se negó a ello. Los médicos sólo pudieron arrancar del paciente la promesa de que haría reposo en casa durante unas semanas.
Fueron días de mucha angustia para la madre de Marc, que se preguntaba si no se había equivocado. ¿Debería haberse opuesto con más firmeza? Tal vez el planteamiento no era cierto y sin la compañía de su madre, Marc no se hubiera atrevido a dar el paso que ahora amenazaba con ser su última voluntad.
-Mamá-, la llamó desde su cama.
-Estoy aquí, hijo, ¿qué necesitas?
-Abrázame-, le pidió, y mientras unía su mejilla a la de su madre, le dijo, como si le hubiese leído el pensamiento:
-Te lo agradezco mucho, mamá. Sé lo que te debe de haber costado aceptar mi decisión, pero tu respeto hacia mí sólo se puede comparar con el amor con el que siempre me has cuidado.
-Tal vez debería de haber insistido para que te quedases….
-Ya lo hiciste…Me hubiese ido de todas formas, pero está claro, no habría disfrutado tanto- dijo Marc sonriendo.
Al cabo de dos semanas de reposo y atenciones maternales la medicación surtió efecto y el peligro pasó. Marc se levantó de la cama, primero con permiso para deambular por casa, y después, para dar pequeños paseos por la ciudad.
Una de sus primeras salidas fue para ir al enorme centro comercial que había cerca de su casa. Tenía intención de comprar unos libros sobre Israel y Egipto, sus próximos destinos, tal y como le había dicho a su madre. Al pasar por la tienda de discos, pensó que la música de aquellos lugares podía ser una excelente puerta de acceso a su geografía. Cuando entró, la vio.
Era una chiquilla de unos veinte años, con los cabellos rizados, la piel morena y unos increíbles ojos verdes que a Marc le pareció que brillaban en la distancia. Atraído como por un imán, se acercó y se quedó maravillado mirándola.
Al cabo de unos segundos, la chiquilla le preguntó:
-¿Te puedo ayudar?
Y él pensó decirle: “Sí. Vamos a tomar un refresco. Vamos a pasear. Déjame mirarte durante unas horas. Cuéntame algo de ti…”.
Pero no pudo ser. Se le hizo un nudo en la garganta y, tragando saliva, sólo respondió:
-Quiero este CD- cogió el primero que tenía a mano y se lo dio a la vendedora sin mirarlo siquiera.
Ella sonrió, y cogiendo el CD le preguntó:
-¿Algo más?
Marc también perdió aquella segunda oportunidad y se limitó a negar con la cabeza. El nudo ya no le dejaba hablar.
La chiquilla volvió a preguntar:
-¿Es para regalar?
-No. Es para mí.
-De todas formas, ¿quieres que te lo envuelva para regalo?
-Ssssí- dijo Marc con un hilo de voz, dándose cuenta de que envolverlo llevaría algo más de tiempo. Tal vez durante aquellos minutos…
Mientras ella envolvía la caja del CD, Marc pensaba en todo lo que podía haberle dicho, pero también supo que no se atrevería a hacerlo.
Cuando salieron, su madre le preguntó si había encontrado lo que buscaba y Marc le respondió con un enigmático “Sí. Supongo que sí”.
Cuando llegaron a casa, le explicó a su madre todo el episodio y se maldijo por no haberse atrevido a decirle nada. Su madre le tranquilizó diciendo que podía volver a la tienda a la semana siguiente y tener el valor de invitarla o de pedirle el número de teléfono para poder llamarla. El joven pensó que su madre tenía razón, podía volver, pero no al cabo de una semana, sino al mismísimo día siguiente. Esta vez a dar vueltas por las estanterías como si buscara algo extraño para tener así la oportunidad de mirarla.
Le pareció aún más bonita que el día anterior. Al acercarse, sintió que ella le reconocía, porque se dirigió hacia él y le preguntó:
-Hola…¿te puedo ayudar?
Marc se dio cuenta de que se estaba sonrojando y se avergonzó. Tosió, tragó saliva una vez más y, finalmente, respondió:
-Este CD.
-Otro regalo….¿para ti?-preguntó la chiquilla mientras Marc descubría la identificación con su nombre, Jennifer, y se alegraba de que ella le reconociese.
-Sí, por favor…- respondió enseguida. De nuevo, la ceremonia de contemplar la espalda de la muchacha mientras manipulaba el papel y el lazo del envoltorio. De nuevo, el infinito temblor de sus dedos cuando le dio la tarjeta de crédito. De nuevo, el encuentro fugaz de sus miradas y, sobre todo, de nuevo, su silencio forzado por la timidez y la vergüenza.
Así, dos o tres veces cada semana, Marc continuó yendo a la tienda de discos, siempre pensando que se atrevería a hablar con ella, pero siempre acabando por comprar un CD, que, después de ser envuelto con papeles multicolores y unos lazos cada vez más vistosos, al llegar a casa dejaba en el armario de su habitación sin abrirlo siquiera, como símbolo de su falta de coraje.
Hasta que un día, el joven tomó la decisión. Esta vez hablaría con ella, se arriesgaría, se atrevería a vivir un rechazo, al fin y al cabo, como decía su madre, no tenía nada que perder y sí mucho que ganar. Marc no se había sentido muy bien últimamente. Unas décimas de fiebre parecían indicar que había un nuevo “bichito” por ahí rondando, molestándole. El lunes iría a visitar al doctor Skoro.
Como cada sábado, el centro comercial era un hormiguero de gente. Marc paseaba sin rumbo, esperando que llegase última hora … Después, cuando todo el mundo comenzó a irse, se dirigió a la tienda de discos, yendo directamente hacia donde estaba Jennifer. Ella le vio venir y sonrió.
-Quería…- comenzó-.
-¿Sí?- preguntó ella.
-Quería…este CD- dijo una vez más, con una caja desconocida en la mano.
-¡Claro!- dijo Jennifer. Y sin preguntar, se dirigió al stand de empaquetado para envolverlo como regalo. Marc se reprochaba en silencio. Pero antes de que Jennifer se girase para darle el CD, hizo una cosa: cogió el talonario de facturas que tenía el nombre de la chiquilla y escribió sin que ella se diese cuenta:
“Hola, me llamo Marc. Vivo aquí. Me encantaría que tomásemos algo y hablásemos. Éste es mi número de teléfono: 298.35.688”.
Y, después de escribirlo, cerró el talonario, pagó y salió como si nada hubiese sucedido.
El lunes sonó el teléfono en casa del chico.
Lo cogió su madre.
-¿Sí?
-Hola…Soy Jennifer, ¿podría hablar con Marc, por favor?
Se hizo un largo silencio hasta que la madre recuperó el aliento y respondió.
-Lo siento, Jenny…Marc murió ayer.
Posiblemente porque no había habido ventas aquel día, o porque los domingos Jennifer no trabajaba, el caso es que ella había encontrado la nota de Marc cuando ya era demasiado tarde.
La madre colgó el teléfono llorando. Y sin ningún motivo, se dirigió a la habitación, ahora vacía para siempre, de su hijo.
Abriendo el armario, descubrió la pila de CDs sin abrir de la primera balda. Por curiosidad, abrió automáticamente el que estaba más abajo, para ver qué contenía. Pegada al CD había una nota que decía:
“Hola. Soy Jennifer. Soy nueva en la ciudad. No tengo amigos, ¿te gustaría ir a tomar algo conmigo…?.”
La madre abrió el resto de CDs.
Cada uno contenía una nota que, a espaldas de Marc, Jenny había escrito y ocultado con el envoltorio. Posiblemente por el mismo miedo al rechazo que su hijo. Seguramente, sin atreverse, tampoco, a correr el riesgo.
“Tienes unos ojos bonitos y una mirada triste, ¿quieres que quedemos para hablar?”
“Me llamo Jennifer y tengo muchas ganas de conocerte…”
“Hola, soy Jennifer…”

Conocia la historia pero no por ello me dejó de emocionar...
Un saludo
Wowww.. esta precioso, en verdad me ha dejado zombie (pensativo). Muy bueno, a veces no solo es de cuentos....
Dímelo a mí. Enamorado de una chica por mucho tiempo, siempre ella me esperaba,era yo su mejor confidente, ami me gustaba pero yo me hacía el estudioso, además que era tímido, pero siemrpe estaba allí apra oirla. Hace un año atrás, luego de ocho años, en el msn, le dije lo k sentí aquella vez y ella solo atino a decirme: "sabes lo que sentiste por mí ...era correspondido". Hoy está casada, vive lejos, y es feliz.
Quiens sabe, si hubiera sido yo?. Bonito post.
Kisses.